logo arcadia

BUSCAR
LA VERDAD

INICIAR

El desafío es liberarnos de los miedos y de los silencios para avanzar hacia la verdad de nosotros mismos. De eso se trata la Comisión de la Verdad. Un especial de ARCADIA.

Esta foto la tomó el fotógrafo antioqueño Jesús Abad Colorado. Estas son sus palabras: “El 7 de mayo de 2002, cinco días después de la tragedia en la iglesia de Bojayá, Clirio sostenía una sábana en medio del río Atrato para que nadie nos disparara, mientras íbamos a enterrar el cuerpo de su esposa Ubertina. Aniceto señaló a todos los actores armados como culpables de la muerte de Ubertina, herida en combates en su pueblo, Napipí, Chocó”.

BUSCAR
LA VERDAD

El desafío es liberarnos de los miedos y de los silencios para avanzar hacia la verdad de nosotros mismos. De eso se trata la Comisión de la Verdad. Un especial de ARCADIA.

Logo Arcadia
Logo comision

El desafio de la verdad

Francisco de Roux *

Presidente de la Comisión de la Verdad

Bogotá

Foto: Pilar Mejia

La Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad es una institución del Estado, autónoma, de carácter constitucional. Busca dar una explicación comprehensiva de la manera como la sociedad colombiana se vio inmersa, por más de medio siglo, en un conflicto bárbaro, y así llegar a una visión rigurosa y plena de sentido que permita reconocer responsabilidades sociales y avanzar en la construcción de la nación en el respeto de las diferencias culturales, étnicas, políticas y generacionales.

El clamor de la verdad como un derecho público existe en todas las regiones del país. Las niñas y los niños quieren saber por qué mataron a sus papás y a sus hermanos. Las familias que huyeron desposeídas arbitrariamente de sus tierras piden que les digan por qué vinieron a sacarlas. Los que sobrevivieron a masacres preguntan quién dio la orden para que los perpetradores entraran a matarlos. Los campesinos de fincas cargadas de minas antipersona reclaman por qué destruyeron la tranquilidad segura de sus suelos. Las comunidades indígenas y afro preguntan por qué fueron corriendo las cercas para arrebatarles el territorio sagrado de sus antepasados.

Es cierto que el Estado colombiano creó hace más de una década la Unidad de Víctimas para registrar y resarcir lo que se pueda de más de ocho millones de afectados. Es indiscutible que el Centro Nacional de Memoria Histórica ha hecho una tarea monumental con testimonios y análisis en varias decenas de libros de narrativas. Pero la pregunta sigue allí. ¿Por qué se disparó la guerra entre ciudadanos de la misma patria? ¿Por qué el conflicto armado interno continúa hasta ahora? ¿Por qué el Estado, el Ejército, el Congreso, los partidos, las escuelas, las universidades, los empresarios, la Iglesia y los medios de comunicación fueron incapaces de parar la barbarie?

Hay miedo. Miedo a las preguntas y miedo a las respuestas que reclaman millones de adoloridos. Miedo a las sorpresas que puedan aparecer en la búsqueda. Susto de lo que ha estado oculto. Temor de despertar a la realidad. De que termine el sueño de gobiernos que escribieron memorias triunfales mientras crecía la derrota social del desplazamiento y el despojo. Silencio en los partidos políticos que controlaron el poder mientras más de ochenta mil personas fueron desaparecidas en los últimos cuarenta años. Temor de despertar de una guerra en la que los comandantes de ambos

Los sobrevivientes gritan, desde las mamás de los “falsos positivos”, desde las esposas de los policías cautivos que nunca volvieron, desde los labriegos que perdieron sus predios, desde los hogares rotos por el secuestro, desde los mutilados por golpes de los explosivos sembrados.

Ellos piden una respuesta del Estado. Y es comprensible, pues es la institución creada para garantizar, a todos por igual, las condiciones para una vida digna. Pero si ni siquiera se ha garantizado la vida misma, ¿cómo puede responder este Estado? Y la pregunta va más allá, hasta tocar las raíces de la cultura, de la espiritualidad, del llamado modelo económico: ¿qué es lo que los colombianos hemos hecho como sociedad? En La Habana terminó la guerra con las Farc y empezó el tiempo de construir la paz. Esa paz solo puede hacerse a partir del esclarecimiento de la verdad de las dinámicas objetivas y subjetivas que llevaron a las exclusiones y los odios, a la inseguridad de las familias, al terror de las comunidades, a los heridos y muertos en confrontaciones armadas. La verdad es necesaria para poder desmontar esas dinámicas y sustituirlas por otras que den cimiento y entusiasmo a la convivencia.

Por eso el acuerdo de paz dio lugar a la creación de las instituciones de la verdad que forman el Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición: la Jurisdicción Especial para la Paz, la Comisión de la Verdad y la Unidad para la Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado. Las tres constituyen una estructura, se necesitan mutuamente. Y las tres tienen por eje la verdad. En un país traumatizado e indignado por el conflicto, las comunicaciones, los símbolos y las emociones no trasmiten la verdad sino prejuicios, sospechas, señalamientos, apetitos de venganza. Vivimos en una no-verdad de rivalidades y justificaciones, incapaz de ser autocrítica y por lo mismo constructiva, libre, respetuosa.

El desafío es liberarnos de los miedos y de los silencios para avanzar hacia la verdad de nosotros mismos. De eso se trata la Comisión de la Verdad. Y el camino son las víctimas. Hay que partir de allí para empezar a entender. La realidad indiscutible del dolor de millones, que arranca muchas décadas atrás en los pueblos indígenas y afro, pasa por los niños y las mujeres, golpea los campos y los barrios populares, destruye los ríos y los bosques, se concreta en extorsiones, secuestros, abigeatos, masacres de veredas y multitudes errantes de labriegos desposeídos, y muertes de jóvenes en combates inútiles. Los muertos, los heridos, las mujeres violadas y abusadas, los niños metidos en la guerra, los soldados sin piernas y los muchachos guerrilleros mancos y ciegos somos nosotros mismos.

Nosotros. Se trata de rescatarnos como seres humanos para que sean posibles el respeto colectivo, la confianza, la posibilidad de soñar y construir en la creatividad de las diferencias. Para que nunca se repita.

LA CULTURA DE LA VIOLENCIA

El arduo camino a la verdad

Tratar de saber qué pasó en nuestro país es una tarea difícil y múltiple: implica aclarar qué elementos culturales contribuyeron al conflicto; recoger los testimonios de víctimas y victimarios; lograr que esos relatos se llenen de sentido, y poder comunicarlo.

Jorge Orlando Melo

Historiador, profesor universitario y periodista colombiano

Bogotá

Foto: Pilar Mejia

Existen elementos en la cultura colombiana que ayuden a explicar la violencia tan intensa que ha vivido el país en los últimos setenta años? ¿Hay una interiorización tan débil de los elementos culturales, religiosos y políticos que reprimen el uso de la violencia o imponen socialmente la obligación de seguir reglas de juego pacíficas? ¿Dominan formas de representación mutua de los agentes políticos, del Estado o de los inconformes, que estimulan la intolerancia, la visión del otro como un enemigo, el recurso de la solución violenta del conflicto?

Los estudiosos no han prestado mucha atención a esta línea de interpretación. Hace años, cuando se discutía la violencia urbana, se argüía que apelar a la “cultura” era suponer que existía una especie de “naturaleza” de los colombianos que los hacía más inclinados a la violencia. Es verdad que algunos alegaron, en los años sesenta (y esto se había argumentado desde el siglo xix, a propósito de los debates sobre la mezcla de razas), que quizá teníamos genes violentos, elementos ancestrales inmodificables. Este debate confundía la biología y la cultura. Es muy improbable que haya elementos genéticos que hagan a un grupo humano más violento que otro. Lo que define a la cultura es que es una creación humana, social, que cambia en el tiempo. Es un aprendizaje colectivo. En ese sentido, ciertas experiencias podrían habernos enseñado a usar más fácilmente la violencia: la llamada “cultura de la violencia” podría ser en parte resultado de los años de conflicto.

Unos pocos estudiosos desarrollaron los siguientes argumentos: quizás en la tradición religiosa heredada de España había elementos de intolerancia y dogmatismo que hacían difícil la aceptación de ideas extrañas; quizás la violencia de la conquista y el carácter discriminatorio de la sociedad colonial, transmitido hasta hoy, hacían fácil la indiferencia de la violencia contra los pobres, los indios, los negros, los de ruana; quizás la evolución política del siglo xix, caracterizada por una adopción muy superficial y tenue del liberalismo (como arguye Marco Palacios), se había prolongado en una visión muy hostil del liberalismo, ajena a la tradición nacional. Esto último fue parte de los alegatos de los regeneradores, y después de los de Laureano Gómez, en su intento por erradicar de la cultura colombiana las formas de pensamiento contrarias a la tradición católica e hispánica. Los estudios sobre cultura política de Fabio López de la Roche fueron consistentes y sólidos en relación con esta idea, que ha adoptado nuevas formas en los trabajos de Mauricio García Villegas sobre el cumplimiento de la ley.

No tengo duda de que sus argumentos son en esencia correctos: la cultura española y el catolicismo dogmático favorecieron la intolerancia y la violencia. En los países de habla hispana se dieron las más violentas guerras civiles del mundo occidental en el siglo xx (México, España, Colombia), y hubo más pronunciamientos y golpes militares que en cualquier otra región en el siglo xix. (En otras partes, las guerras fueron entre naciones, un factor afortunadamente débil entre los pueblos de tradición española: ni siquiera España es una nación.)

En estos tres países, la sociedad se concibe como un organismo regido por “el bien común”, orientado por dirigentes ilustrados y virtuosos, y no como el resultado de transacciones pragmáticas entre individuos que buscan su propio bien. Las normas morales previenen, en general, la violencia privada, pero la violencia política tiene un alto nivel de justificación. La adopción de la democracia, la ciudadanía, el liberalismo, aunque real, no ha estado acompañada de una interiorización de la obligación de aceptar la voluntad colectiva. Los individuos, si somos tratados injustamente, si vivimos en una sociedad desigual o que produce miserias humanas, tenemos el derecho a usar la violencia, contra el Estado o contra los que se benefician del orden social, y a emprender la lucha armada para corregir las injusticias. Y el Estado, por su parte, ha tendido siempre a ver al disidente, al opositor, como un rebelde, y a tratarlo con una brutalidad que se sale de las previsiones legales.

En Colombia, la tensión por el peligro de una sociedad liberal y laica produjo brotes ocasionales de violencia a comienzos de los años cuarenta, pero la muerte de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 llevó a una explosión de ira popular que se expresó en la quema de iglesias, el saqueo de almacenes de lujo, la protesta espontánea y desordenada contra la desigualdad. Esta violencia popular fue vista por el gobierno como una clara señal del punto al que la cultura liberal podía llevar al país, y justificó una represión sin límites contra el liberalismo, sobre todo rural. Cada actor veía en la violencia del otro la justificación de sus excesos. Los guerrilleros liberales mataban policías o funcionarios, y los agentes del Estado ejecutaban a los rebeldes liberales; ambos grupos, buscando exorcizar y erradicar de raíz el mal, usaban tácticas de terror (el “corte de franela”, la castración del enemigo) para acabar con la semilla del mal.

Reemplazar las luchas
Esta era una violencia sin antecedentes masivos, pero había ejemplos de esta política del terror en la Colonia y en el siglo xix, y había suficientes recuerdos de la violencia ajena para justificar la propia. Pero los grupos dirigentes de ambos partidos no compartían la polarización extrema, y predominaron los que buscaban una transacción: en 1958, liberales y conservadores transaron, inventaron el Frente Nacional, y la violencia se redujo bruscamente. Sin embargo, la solución fue inadecuada, y pronto se vieron sus limitaciones. La tradición de violencia oficial contra los campesinos rebeldes se mantuvo, y los grupos que siguieron actuando –principalmente porque estaban en zonas de conflicto social– fueron enfrentados sin ninguna restricción: para los jefes militares o civiles, arrojar napalm sobre una comunidad campesina parecía legítimo, pues se golpeaba a unos “chulos” o “bandoleros” comunistas, así murieran civiles, mujeres o niños.

A partir de 1961, la violencia se renovó, y esto tuvo que ver con el renacimiento de un sueño político: la revolución bolchevique. Los jóvenes urbanos radicalizados por el influjo de la Revolución Cubana se unieron a los débiles restos de guerrillas liberales y terminaron alimentando a otras guerrillas, de orientaciones políticas tan religiosas y dogmáticas como las de los más intransigentes dirigentes del bipartidismo. En el trasfondo estaba, sin duda, una evolución de la cultura del bien común y de la ley justa: los defensores de la lucha militar argumentaron que la rebelión no se justificaba solo en caso de una violencia que amenazara la vida o impidiera la acción política, como decían las justificaciones tradicionales. Sostenían que bastaba que la sociedad fuera injusta para que la lucha armada fuera lícita: mientras hubiera un niño con hambre o sin escuela, era justo usar las armas. Los diversos gobiernos, por su parte, dieron credibilidad al argumento al usar unas formas de represión que mostraban al Estado como un abusivo violador de toda legalidad: las torturas, la ejecución o la desaparición de los sospechosos ante el temor de que una justicia desbordada o sometida a una cultura de la legalidad, que era vista como leguleya, los dejara libres. En estos cincuenta años, el ejército y las instituciones han hecho una tarea más eficaz para justificar la lucha armada que los dirigentes revolucionarios, quienes, más bien, al tratar de defender el secuestro de civiles o el asesinato de funcionarios menores, han ayudado a justificar la represión.

Sin embargo, la cultura colombiana había desarrollado otras vertientes. En los grupos dirigentes de ambos partidos había una tradición, desde el siglo xix, de transacción, de buscar un acuerdo, vista por los propios seguidores como una falta de valor (la decisión de los principales dirigentes liberales de no apoyar las guerrillas en 1949 y 1950 es retratada con frecuencia como un acto de “cobardía” e incluso de “traición”). De 1981 a hoy, en los distintos gobiernos ha habido una corriente empeñada en buscar una paz negociada, que los otros presentan como entreguista o influida por comunistas o guerrilleros infiltrados. Y en la izquierda revolucionaria han convivido, desde los años sesenta, los convencidos de que para acabar con la injusticia social lo mejor es tratar de formar movimientos sociales fuertes con proyectos de reformas radicales que las masas apoyen, en vez de promover grupitos armados que estimulan la violencia del Estado o de los agentes armados de los propietarios rurales y de los narcotraficantes. “Mamertos” y radicales se han enfrentado con intensidad, y finalmente, después de 65 años de esfuerzos revolucionarios (en 1954 fue el primer bombardeo a Villarrica), las guerrillas colombianas parecen haber llegado a la conclusión de que la cultura de la lucha armada debe ser reemplazada por la cultura de la lucha política, social y electoral.

Claves en las artes
Este será, sin duda, un proceso difícil. Ante cada crisis difícil reviven los argumentos convencionales, las formas tradicionales de mirar la realidad, conformadas justamente por ochenta años de intransigencia, de incumplimientos, y por un sistema político que ha quedado muy perturbado por esta experiencia. Será una tarea lenta, imperceptible y muy gradual, cambiar las formas espontáneas de reacción, de discusión y de solución de los conflictos cotidianos; volver a aprender que a todos nos sirve cuando todos cumplimos las normas, cuando hacemos fila para entrar a los buses, cuando no vendemos el voto, cuando pagamos impuestos; aprender a discutir teniendo en cuenta los argumentos de los demás y no sus rasgos personales; considerar los efectos y consecuencias de las decisiones políticas y no descartarlas como una consideración oportunista. ¡Cuántas veces se argumentó que, aunque un acto de violencia produjera resultados negativos o costara unas vidas, era un costo que había que asumir como prueba de “moral revolucionaria”! Resolver los problemas judiciales y encontrar cómo cumplir con los compromisos económicos con los que han firmado la paz es difícil, pero más o menos se sabe cómo hacerlo. Lo que no se sabe es cómo transformar la cultura; cómo cambiar, en la escuela o en la iglesia o en el partido, la lógica rígida de una sociedad que reacciona con brusquedad e impaciencia, que no tiene en cuenta el impacto de lo que se hace sobre los demás y pretende siempre defender el interés individual sin pensar en el colectivo.

Es posible que una buena mirada a los productos culturales, en el sentido usual del término –textos, imágenes, etc.– pueda ayudar en algo. A partir de 1948, se desarrolló una amplia literatura que intentó describir estos procesos. Hay que volver a leer la novela de la violencia: desde Lo que el cielo no perdona (1954) o El día del odio (1952) hasta ese excelente libro que acaba de salir, Los dormidos y los muertos, de Gustavo López. Hay que recoger, inventariar y encontrar las claves del arte que alude a la violencia desde el siglo xix, pasando por el Tren de la muerte (1948), de Débora Arango, Violencia (1962), de Alejandro Obregón, las pinturas de Beatriz González o los trabajos de numerosos grabadores e ilustradores. Y hay que recoger los testimonios individuales de interés, como la apasionante Memoria de la infancia (2017), de Jaime Jara Gómez, que cuenta los bombardeos de Villarrica de 1954. Como este testimonio debe haber decenas sin publicar, y muchos de los que se den ante la Comisión de la Verdad pueden convertirse, si sus autores lo quieren, en relatos que nos sirvan a todos para entender lo que ha pasado.

Recuperar la memoria es una tarea múltiple. Incluye recoger el testimonio de las víctimas y victimarios y tratar de saber qué pasó. Pero debe ser también el esfuerzo por lograr que esas narraciones se llenen de sentido y logren comunicarlo, mediante una elaboración literaria o estética. Así mismo, debe ser un esfuerzo de explicación e interpretación, que corresponde en buena parte –pero no solo a ellos– a los científicos sociales, a los expertos en la violencia, a los historiadores y sociólogos. Así ellos podrían aclarar qué elementos culturales contribuyeron a la violencia, y en qué medida otros factores, que no discuto aquí (causalidades y azares históricos, como la aparición del mercado de droga en los Estados Unidos, que llevó al gran desarrollo del narcotráfico, o asuntos institucionales, como las fallas de la justicia, que son también culturales), tuvieron que ver con ella.

Tenemos trabajo por mucho tiempo.

* Historiador, profesor universitario y periodista colombiano. Su libro más reciente se titula Historia mínima de Colombia (2017).

DECONSTRUIR IMAGINARIOS

La transformación es cultural

Hay cosas que solo nos atrevemos a nombrar en un alabao, en una contorsión o en un trazo. Así mismo, hay cosas que solo podremos transformar si actuamos conscientemente sobre lo cultural.

Lucía González Duque *

Comisionada de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad

Bogotá

Foto: Pilar Mejia

Hoy Colombia vive un momento histórico para hacer del dolor y el daño vividos durante años de guerra un tránsito hacia una vida digna. Con esta convicción, la Comisión de la Verdad asume el desafío de contribuir a transformar la sociedad: que esta reconozca la dignidad de todos los seres y el respeto por la casa común, nuestro territorio, para vivir de manera armónica y con gozo la existencia. ¿Por qué ir a lo cultural? Porque la cultura es lo que nos hace humanos, y porque los hechos no se pueden cambiar, pero sí las razones que llevaron a esos hechos. Con esa mirada, la Comisión buscará descifrar intencionalmente las verdades que den pistas sobre las razones (o sinrazones) en que se fundamentan los hechos y pensamientos violentos que han impedido construir la paz –por más de que lo hayamos intentado en reiteradas ocasiones–. Nos proponemos encontrar lo que es necesario transformar en nuestra sociedad para pasar del relato trágico al relato épico: uno en que la vida de todos y cada uno tenga un profundo sentido humano, construido a partir de principios y conceptos comunes. Es un desafío colectivo, que implica comprender, desbaratar imaginarios e instalar nuevos relatos. Somos una página en blanco con demasiados referentes escabrosos, innombrables; y otros que hay que visibilizar, rescatar y empoderar. Ante ese desafío está Colombia. En la consecución de ese objetivo, la cultura tendrá un rol fundamental, pues es aquello que de manera espontánea –o al menos no necesariamente crítica– establece los valores y las valoraciones, las relaciones con el otro y lo otro; es lo que constituye la matriz de sentido de los asuntos esenciales que nos permiten vivir o no en comunidad. Por eso, lo cultural debe transformarse tanto en el sujeto como en la comunidad. Individual y colectivamente, somos proclives a olvidar temprano, a reaccionar de manera violenta, a juzgar antes de intentar siquiera entender, a ver el mundo un poco maniqueamente (buenos y malos; negro y blanco), a no reconocer ni respetar las diferencias. Eso nos ha llevado a ser apáticos o indiferentes al dolor del otro, a ostentar –a veces, vergonzosamente, con orgullo– poca o ninguna propensión a la movilización social, a mirar afuera para tratar de no ver lo que sucede adentro, a olvidar con facilidad. Decimos, entonces, que el logro de la paz pasa por una reflexión sobre la cultura, pues esta está en todas partes y obra, de manera inconsciente, sobre todos nosotros.

Esa noción de cultura es, fundamentalmente, un acumulado histórico no solo de recuerdos, sino también de maneras de entender, de hacer juicios, de ver y estar en el mundo. Esas formas prevalecen en el sentido común como un aprendizaje implícito. Justo por eso, el camino hacia una vida en paz debe pasar por una acción consciente sobre la cultura. Debemos potenciar lo que nos hace mejores sujetos, mejores ciudadanos, y estimular cambios de paradigmas, creencias, valores e imaginarios que nos impiden vivir en comunidad de manera armónica.

Habrá que encontrar nuevas formas de construir el relato para no llegar a los mismos resultados. Tendremos que organizar de otra manera las palabras para que el sentido sea otro, y aquí apelaremos a la capacidad de resistencia y resiliencia de las miles de comunidades que luchan por su dignidad y su vida. Debemos entender cuáles son los medios que les han permitido salir adelante y cómo podemos generar e instalar esas capacidades en otros territorios y comunidades. Son las poblaciones más afectadas las que nos han enseñado que las manifestaciones artísticas y culturales permiten deconstruir y complejizar estos imaginarios y profundizar, con el otro, en lo que nos ha pasado. Esas manifestaciones son una forma de tender puentes para la reconciliación y la convivencia, pues hacen posibles diálogos colectivos desde la subjetividad, la sensibilidad y la creación. En este sentido, es importante también investigar y profundizar en las creaciones simbólicas y culturales de las víctimas y de los responsables, cuyas narrativas han permanecido en las sombras. De esta manera sería posible entablar un verdadero diálogo con la sociedad y con las víctimas, en aras de fortalecer y consolidar la convivencia y la reconciliación.

Solo aprehendiendo las raíces podremos tomar medidas consecuentes para la no repetición, que es y será asunto de todos, por el derecho a vivir en paz. Desligar las construcciones culturales de los valores que han determinado nuestra existencia como sociedad y como nación empobrecería el resultado final y, sobre todo, conduciría a explicaciones funcionales y a recomendaciones que apelarían a cambios de forma, sin llegar al fondo de las concepciones que fundan y rigen nuestro ethos como nación. La Comisión se propone, entonces, con el concurso de muchos otros: 1) avanzar en la identificación de los contextos culturales en que se despliega el conflicto armado; descubrir los valores arraigados en las culturas que causaron el conflicto y, por tanto, identificar los valores que se deben fortalecer o modificar; 2) develar las transformaciones positivas y negativas producidas en el sistema de valores por las acciones y efectos del conflicto armado y, especialmente, explorar el trauma cultural producido; 3) reconocer y visibilizar las expresiones culturales y artísticas que han acompañado la vivencia de la guerra como manifestaciones de resistencia, resiliencia, memoria y defensa de los valores y la identidad, y promover los lenguajes del arte y las culturas que contribuyen al desarrollo de la misión de la Comisión.

* Comisionada de la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición

LA ESCRITURA COMO UNA BÚSQUEDA DE VERDAD

Soltar palabras

Para llegar al poema hay que despojarse de todo, sacarlo todo, dejarlo todo consignado y luego permitir que aparezca el vacío. En ese vacío aparece la verdad, o el poema, escribe Horacio Benavides, y propone que así mismo deberíamos buscar la verdad del conflicto armado colombiano.

Horacio Benavides *

horacio

Poeta caucano

Cali

Foto: Pilar Mejia

Uno Podríamos empezar preguntándonos qué es la verdad. Como la respuesta es compleja y nos podría confundir, me voy a referir a la posibilidad de conocer el cómo sucedieron las cosas y el por qué en un conflicto que lleva más de sesenta años.

Para tratar de mirar tales acontecimientos, voy a apoyarme en mi experiencia con la poesía. Entre las tantas maneras de llegar al poema –es decir, a la verdad–, hay un procedimiento que nos podría ser útil: la desnudez. Cuando alguna vez Gonzalo Arango le preguntó al poeta Jaime Jaramillo Escobar sobre su manera de escribir los poemas, este le contestó: “El secreto de mi estilo está en que escribo siempre desnudo”. Se podría tomar la frase literalmente: se queda en cueros; o se la podría tomar en su forma metafórica: aleja de su interior las ideas, se queda en blanco. La desnudez es empleada por muchos poetas. Llegamos a la página con la cabeza llena de ideas: desde cómo podría ser el poema hasta los cotidianos ruidos de la vida. Entonces empezamos a concentrarnos. Vamos sacando, de la cabeza o del alma, las múltiples cosas, hasta dejar la casa vacía. Es en ese vacío donde puede mostrar su cara el poema.

Si queremos encaminarnos hacia la verdad del conflicto colombiano, podríamos hacer algo parecido. Al inicio de ese camino es muy posible que nos encontremos cargados de prejuicios. Podemos creer conocer el conflicto, para empezar. Puede ocurrir que tengamos dividido el mundo entre buenos y malos y, por supuesto, que creamos que los buenos son los nuestros. Los crímenes son crímenes cuando los realizan los otros. Podemos tener condenas para las acciones de los contrarios; las acciones de los nuestros están justificadas. Si somos periodistas, no solo podemos cargar con nuestros prejuicios: también debemos satisfacer los requerimientos del propietario del medio, que muchas veces hace parte del conflicto y puede utilizar la desinformación como un arma. La idea es que empecemos a desvestirnos, a tirar el sombrero, el saco, hasta quedar como adanes. Tal vez así podamos ver el conflicto como si apareciera por primera vez.

*

Dos Aquí surge un problema. Los hechos no se nos van a presentar ellos mismos. Recordemos que muchos son hechos pasados; nos vamos a encontrar con los testimonios orales o escritos, con crónicas e imágenes, y esos testimonios pueden haber sido construidos con prejuicios, o deformados por intereses partidistas o de otra especie. Todo lo que encontremos debe ser tomado con pinzas, examinado, cotejado, para llegar a una conclusión cercana a la verdad. Dije hechos pasados, pero las cosas van más allá: si estuviéramos en el instante de un asesinato y tomáramos el celular para contarlo, quien en la distancia escucha estaría frente a la interpretación del testigo, estaría ante el lenguaje. En una discusión, con frecuencia oímos decir a uno de los contendores, “esto es objetivo”, imaginando que está mostrando el objeto y presumiendo de haber ganado la disputa; pero está diciendo palabras.

*

Tres Ante los crímenes acontecidos, también la literatura podría darnos una mano. Por mucho tiempo, en los cuentos se utilizó el narrador omnisciente, el que lo sabe todo; tanto en los cuentos de tradición popular como en los de autor. Llegó un momento en que alguien debió pensar que un hecho narrado por varios testigos podría ser más verosímil que si lo cuenta un solo narrador. A principios del siglo xx, el escritor japonés Ryūnosuke Akutagawa utilizó este procedimiento en su cuento “En el bosque”. Un hombre es encontrado muerto, con una herida en el pecho; siete testigos cuentan lo que cada uno sabe, incluido el muerto que habla por boca de una médium. Entre todos se aproximan a lo que podríamos llamar la verdad de lo ocurrido.

En un crimen al menos hay dos partes, el muerto y quien lo mata; los familiares del uno y del otro, o los partidarios de las partes. En el caso del conflicto colombiano ha habido varios actores: las fuerzas del Estado, las fuerzas alzadas en armas y otras que hacen más compleja la situación. Con el acuerdo para acabar con el enfrentamiento, el conocimiento de lo que pasó debe contar con los testimonios de un lado y del otro, además de los de las fuerzas que pudieron aliarse con los bandos. Por lo general la historia ha sido narrada por los vencedores; una historia cercana a la verdad debe ser contada por todos los actores.

*

Cuatro Un aspecto que también entra en juego es el contexto en que ocurrieron los acontecimientos. Una acción particular generalmente está articulada a aconteceres mayores. Hubo en mi niñez un suceso que conmovió a la aldea en que nací. Juan Chilito tenía tres hijos varones, el menor de nombre Juan, como su padre. Con frecuencia veíamos pasar al viejo en su caballo castaño rumbo a su finca en la falda de la montaña, donde tenía un ganado. Juan, que era un adolescente solitario, con un mechón de pelo negro sobre la frente y la mirada baja, se había negado a ir a la escuela y le gustaba estar solo en la casita de zinc de la finca. Un día el muchacho esperó a su padre, junto a la puerta de golpe, con una piedra en la mano, y lo mató. Este hecho nos hizo temblar a todos. En mis noches de insomnio veía al parricida por caminos solitarios, o tocando en las puertas de las casas, pidiendo un vaso de agua, que le era negado. Por mucho tiempo no hubo más que oscuridad. No conocía las circunstancias en que el crimen fue cometido. Mi primo Álvaro Zúñiga, que tendría entonces once años, me contó que, al pasar una noche por la casa de los Chilito, había escuchado gritos y el llanto de una mujer; nada más. Ahora sé algo: el crimen, que nos parecía único en la aldea y el deseo de matar al padre, en gran parte inconsciente, tocan con la humanidad. Esta experiencia ha sido tratada en la literatura desde la Biblia: en la historia de José, el enfrentamiento entre él y sus hermanos no es solo una lucha fratricida, pues los hijos de Jacob, al intentar matar al hermano preferido por el padre, tratan de matar también al padre. Dostoievski trae el problema en la novela Los hermanos Karamazov: en ella el viejo borracho Fiódor, que se enfrenta, por una mujer, con su hijo Dimitri, termina siendo asesinado por Smerdiakov, otro de sus hijos. En nuestro tiempo, la novela Pedro Páramo es, entre otras cosas, la historia de un parricidio, escenificado en territorios de la muerte. Y así, el acontecimiento en la aldea es la puesta en escena de un drama humano. El panorama se amplía si consideramos que estos campesinos tenían una escolaridad que no iba más allá de tercero de primaria; por lo demás, librados a su suerte, sin un apoyo que les pudiera dar un vislumbre de las fuerzas interiores que en gran parte nos gobiernan.

*

Cinco Hubo otro crimen que conmocionó a la gente. Don Próspero Robles, dueño del mayor almacén del pueblo, tenía una hija. Hubo un reinado y la joven, de 18 años, fue elegida reina. Durante el día la pasearon en un trono armado sobre la chiva de Merecumbé. Risueña bajo la corona de hojalata, su rostro trigueño, el cabello negrísimo, saludaba con la mano en alto a la gente que se agolpaba en los andenes y bebía su aguardiente. En la noche ocurrió lo inesperado. Su padre la mató. Nadie supo el porqué. Al día siguiente, la gente, sin entender lo ocurrido, conversaba en voz baja. Su padre, que quedó enloquecido, pagó años de cárcel. Nadie puede negar que fue un crimen horroroso. Pensando en el castigo, alguien pudo pedir la pena de muerte. Ojo por ojo.

La poesía podría ayudarnos a mirar este caso. Casi siempre antes de escribir un libro me hago ideas de lo que podría ser; como mis libros han tenido como espacio el campo, me he dicho: voy a entrar en la ciudad, las calles van a ser el escenario de mis poemas; tal vez escriba un libro de poemas pensados como lo hacen algunos poetas europeos. Y así hago una lista de propósitos. Al ir al papel para empezar a soltar palabras, aparece algo que no esperaba. Lo inesperado también ha brotado en mi vida cotidiana. Quiero decir que estamos hechos de algo de voluntad, pero que lo mejor y lo peor de nosotros no lo conocemos ni lo manejamos. Que en lo oscuro de nuestras almas habitan el cielo y el infierno. A don Próspero, es casi seguro, jamás se le pasó por su mente matar a su hija; pero en la noche, con los tragos de la celebración, tal vez celoso, recordando la mirada lanzada por algún muchacho a su hija, se le salió el demonio y la mató.

*

Seis ¿Licencia para matar? No. El acto que acabo de contar es condenable. Intuimos que don Próspero no decidió matar a su hija. so podría atenuar su crimen, pero los hombres han establecido sus leyes; hay un no y una sanción que dice la ley en nombre de la sociedad, y así somos seres morales y éticos. Por pequeña que sea nuestra capacidad de decisión, no la podemos negar. No nos queda más remedio que condenarlo.

En la mitología griega, Hércules, hijo de Zeus, nacido de una relación extramarital del dios con una mujer, enloquecido por Hera, celosa esposa de Zeus, mata a sus hijos y a su mujer. Cuando Hércules vuelve en sí y se da cuenta de lo hecho, siente horror y piensa pagar con su vida la de sus seres queridos. Su primo, el rey Euristeo, por decisión del oráculo, le impone una sanción: realizar doce trabajos difíciles. Hércules cumple, y así puede sanar y aceptar la vida. Los griegos decían “lo decidió el Destino”, “el dios Destino que estaba por encima de todos, incluso de los dioses”. Nosotros podríamos decir “las fuerzas del inconsciente”.

*

Siete En poesía no se trata de esclarecer los hechos, la verdad no es la relación más cercana entre lo sucedido y el relato. Es otra cosa. Desalojadas las ideas preconcebidas, creado el vacío, es posible que en el fondo aparezca el poema, acabado de bañar, con un rostro que no esperábamos. Una de las condiciones para que sea poema, y por tanto verdad, es que sea la síntesis de una experiencia humana, un espejo en que todos nos podamos mirar. Y que esa verdad, por horrorosa que sea, esté armonizada; que sonidos y ruidos entren en el orden de las estrellas.

* Poeta caucano. En 2013 recibió el Premio Nacional de Poesía del ministerio de Cultura por su libro La serena hierba. En Conversación a oscuras (2014), Benavides aborda el dolor de las víctimas del conflicto colombiano.

TRES CARAS DEL CONFLICTO: LAS VÍCTIMAS

La verdad es el descanso

Teresita Gaviria perdió a trece miembros de su familia –entre ellos su hijo– por cuenta de la guerra. Esa experiencia la llevó al infierno, del cual salió promoviendo el perdón y la reconciliación junto con más de 800 mujeres. Una conversación.

Camilo Jiménez Santofimio *

camilo

Director general de ARCADIA

Bogotá

Foto: Pilar Mejia

Teresita Gaviria es una de las figuras más admirables del masivo universo de víctimas que ha dejado el conflicto armado. Nació en 1948, meses antes del 9 de abril, y su vida y la de su familia fueron cruzadas por las peores formas de violencia. Doce allegados suyos –entre ellos, su padre y su hermano– ya habían sido asesinados o desaparecidos, cuando el 5 de enero de 1998, con el apoyo de la Policía, un escuadrón de paramilitares del Magdalena Medio se llevó a su hijo. Nunca lo volvería a ver. Un año después, Gaviria fundó en Medellín la Asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria. Desde entonces, todos los viernes organiza un plantón en el Parque Berrío y, junto con 886 mujeres, lidera un proceso de construcción de verdad, perdón y reconciliación único en el país, que incluye terapias para víctimas, talleres de perdón y reconciliación con victimarios, y la búsqueda de información para encontrar a personas desaparecidas. Los esfuerzos han incluido un sinnúmero de visitas a cárceles y conversaciones con excombatientes y responsables de crímenes atroces, y les han permitido a las Madres de la Candelaria hallar los restos de 110 personas. En 2006, Gaviria recibió el Premio Nacional de Paz. Ocho años después participó en las negociaciones de paz con las Farc, en especial en la estructuración de la Unidad para la Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas en el contexto y en razón del conflicto armado, bastión del Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, del cual también forman parte la Jurisdicción Especial para la Paz (jep) y la Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición. A este sistema, Teresita y sus mujeres llevarán la documentación de los casos que han seguido durante los últimos veinte años.

Conversé largamente con ella, y de esa charla surgieron los siguientes fragmentos.

Amar
Ay, mijito, pues qué te cuento. Hoy la gente se toma la palabra “reconciliación” deportivamente. Como para otros menesteres. No la usa como yo la entiendo, que es para perdonar al otro; porque es para eso que está hecha, para poder estar con quien nos hizo daño. Cuando uno se ha reconciliado, víctima y victimario desaparecen, y así entendemos que todos somos sobrevivientes. Esto me ha pasado a mí; nos ha pasado a nosotras que trabajamos en esto desde hace años. Reconciliarse exige perdonar, y para perdonar hay que escuchar, entender, reconocer. Se trata de no perdurar en odios y rencores, en cosas que no permiten pasar la página. Yo llevo, nosotras llevamos, ya veinte años en este trabajo. Destapando fosas hemos entendido que muchos de nuestros desaparecidos no regresarán con vida. Es que, mira... eran tiempos muy difíciles. Nos tocó acercarnos a paramilitares y guerrilleros. Y decidimos hacerlo, así nos pelaran. Al principio, cuando estábamos todavía muy lastimadas y solo sentíamos odio, fuimos solas a buscarlos. Ellos eran muy fuertes, y eran muchos. Les dijimos que buscábamos seres queridos. Les dijimos, también, que los íbamos a perdonar. Con el tiempo, los volvimos a ver, ya no escondidos en las cordilleras como los ogros que eran, sino en cárceles de máxima seguridad. A estos lugares no entra cualquiera. Allá llega solo quien tiene argumentos. Entramos a esas cárceles convencidas de que quienes debíamos cambiar éramos nosotras; teníamos que cambiar nuestro lenguaje por algo más sencillo, más amable. Al fin y al cabo, ellos eran seres humanos recluidos en una cárcel. Les dijimos: “Ustedes saben que perdonar no es olvidar”. Sabían de qué hablábamos, pues eso era lo que buscaban: no olvidar el pasado, sino superarlo. A mí una vez Carlos Gaviria me dijo: “Teresita, hay que perdonar y pasar la página, y eso quiere decir que hay que olvidar”. Yo le dije que eso es imposible. Perdonar no puede significar permitir que haya dolor, o negarlo. Perdonar, para poder reconciliarse, es hacer un alto en el camino, cambiar el odio y el rencor por el amor. Aquí, mijito, en el fondo, la palabra clave es el amor.

Odiar
En la época en que apareció Madres, estábamos envueltas en nuestro sufrimiento. Éramos apáticas, estábamos muy solas, y nuestra lucha se volvió peligrosa. Eran tiempos terribles. Llegábamos a los barrios y decíamos: “Démosles cacha a esos paramilitares”. O nos sacrificábamos y pedíamos que nos llevaran para que los liberaran a ellos, para que nos dijeran dónde los tenían. En el año 2000, Don Berna nos dijo que teníamos que irnos de Medellín. Una de nosotras le respondió: “No vamos a salirnos de aquí. A mi hija ustedes la desaparecieron en la Comuna 13, y no nos vamos a mover”. A esa mujer la mataron. Se llamaba Luz María Cárdenas. Pero también el odio terminó matando a las mujeres. Yo vi eso, y eso me ayudó a cambiar y a hacer a otras cambiar. Cuando uno odia, en realidad uno está convencido de que el perdón no es posible. Esos actos que han cometido esos señores –dicen muchas mujeres– no son perdonables. Y no… no es así. Uno puede perdonar. Cuando acababan de hacer desaparecer a mi hijo, yo iba y les decía: “Vengan y me matan”. Hoy no quiero que nadie me mate.

Me costó mucho tiempo, pero ya entendí que no somos seres de luz. Solo queremos hablar. Y esto significa que tenemos que ponernos a la orden del otro.

Cambiar
Por nuestros rostros han rodado muchas lágrimas. Hemos llorado mucho por lo que ha pasado con nuestros familiares desaparecidos, pero también con nosotras mismas. Yo he visto a mujeres morir, literalmente morir, por el odio y el rencor. Yo misma sufrí mucho por cuenta de eso y puse mi vida en riesgo. A mí ya me habían matado o desaparecido a doce familiares cuando me desaparecieron a mi hijo. Eso fue el 5 de enero de 1998. Yo decía: “Desgraciados, infelices, cómo se llevan a mi hijo”. Siempre he dicho que las personas que pasan por esto, que viven estas catástrofes, tienen tres opciones. O se vuelven drogadictas, o se encierran en el dolor, o piden ayuda. Yo he pasado por las tres cosas. Por esa época en que desaparecieron a mi hijo, empecé a enfermarme. No dormía de noche por culpa de esos desgraciados; no podía comer por esos desgraciados. Un día me dio un infarto; luego, una enfermedad. Me encerré por dos días y le pedí a Dios que me ayudara a cambiar. Tuve un abogado que me acompañó mucho, y a él le dije: “Creo que me voy a morir”. Con trece personas muertas y desaparecidas en el conflicto... ¿quién lleva ese dolor? No fue fácil. Yo lloro todavía. A veces, lloro de la felicidad. ¿Cuánto no he trabajado para que la gente perdone? Es una lucha permanente. Si criticas al otro, no lo estás perdonando, no estás ahondando en ti. Tienes que cambiar tu forma de ser. Yo cambié. Si amas al ser humano, tú cambias porque cambias. La felicidad de lograr esto me llevó al amor. Así entendí que sí se puede perdonar.

Perdonar
El pasado no perdona, eso lo sabemos. Entonces, nuestra obligación es perdonar, y para mí, dar perdón exige empatía; empatía con los propios jefes paramilitares, con todos ellos. Siento que es clave tratar a todos con respeto, con delicadeza. Lo merecen porque detrás de cualquiera de sus actos hay una explicación. A algunos les negaron el amor desde que llegaron al mundo; otros perdieron su hogar. Es la condición humana. Ante ella, uno debe velar siempre por sentir amor. Tenemos que desarmar nuestros corazones, y con el corazón desarmado, amar al otro. Ya te conté, mijito, que llevamos años yendo a las cárceles. Hemos ido a La Picota, a Itagüí, a Montería. Luego extraditaron a varios. Pero esperamos, y durante la espera nos metimos a un taller de preparación, que nos sirvió mucho. Cuando volvieron los que volvieron, fuimos a hablar con ellos. Les dijimos que estábamos buscando la verdad. Les preguntamos por qué les habían quitado la vida a tantas personas. Al principio se quedaron callados. Nos presentaron abogados, que no buscaron sino hacernos el quite. Pero volvimos una y otra vez, especialmente a Itagüí, y cuando volvimos a decirles que lo único que buscábamos era la verdad, nos respondieron que ellos lo único que buscaban era la reconciliación con las víctimas. Uno tiene que reconciliarse con lo que más le duele. Yo lo he debido hacer con mi familia, con mi hijo. Otras mujeres han debido hacerlo oyendo los testimonios de otras: “Señora, a mí me pasó lo mismo, a mí también me duele eso y me duele la tortura moral. Pero hay esperanza de encontrarlos, vivos o muertos”. Por su parte, ellos, los que hicieron daño, lo hacen con sus víctimas. Lo hacen porque lo necesitan. Algunos de mis amigos paramilitares aportan a esto, y hoy los reclusos de la cárcel de máxima seguridad de Itagüí le han cambiado el nombre por Centro Penitenciario La Paz.

Eso es algo que ni siquiera ha pasado en Argentina. Allá se quedaron sin perdón y con olvido.

Aceptar
Hoy, cuando matan a un líder, me dicen que estoy amenazada. No reacciono con miedo; más bien aprovecho para hacer mi labor. La semana pasada, me hablaron de un señor, cuyo hijo es paramilitar en Necoclí. Yo fui, me le puse a la orden y le dije: “Te invito a que nos tomemos algo”. Me contó que su hijo se le había salido de las manos, que se había vuelto a casar porque le habían matado a la esposa, es decir, a la mamá del hijo... Por ahí iban las cosas. Ahí está lo humano. Ahí es donde necesitamos mejorar. Necesitamos un país en que quepamos todos en nuestra humanidad. Para lograrlo, hay que sensibilizar a las personas. Hemos logrado hacerlo, creo, en la Policía, de la cual renegué por mucho tiempo porque fue un agente quien entregó mi hijo a los paramilitares del Magdalena Medio. En esa época, la Policía vivía amangualada con ellos, pero hoy trabajamos con su unidad de derechos humanos. Lo mismo con el Ejército; hoy tenemos otro Ejército. Antes hacían desaparecer muchachos. Hoy, a pesar de los problemas, hay avances. Por ahora, los guerrilleros, sin lugar a duda, son los más reticentes. En un centro penitenciario, un exjefe paramilitar me dijo: “Hombre, hay mujeres que quieren hablar contigo…”. Pero en la guerrilla son parcos, cohibidos. Yo me reúno con Pastor Alape y con los muchachos en las zonas veredales. Pastor me ha dado confianza. Me ha acompañado a encuentros de reconciliación. A los muchachos les preguntamos por los desaparecidos, pero no parecen darle todavía confianza a la verdad. A veces se abren un poco, sobre todo cuando uno comienza con un chiste. El diálogo, la forma como uno lo construye, es fundamental para el acercamiento. Pero la mayor distancia la tienen otros, justo aquellos que no necesariamente fueron actores directos del conflicto. Los empresarios tienen la cabeza en otro lado. A veces son muy receptivos, pero otras veces no quieren ni vernos. Hay todavía muchos que no dan la cara. Y el Congreso me tiene desesperada. Allá quiero ir y contar mi experiencia, en todas las comisiones, especialmente en la de Derechos Humanos. Quiero decir cuánto podemos perdonar, pero los congresistas parecen niños chiquitos. Discuten y discuten, y no escuchan. Cuánta sensibilidad les falta, cuánta decencia. Es un horror.

Sanar
La verdad es sanadora, al igual que el perdón. Por eso debemos esclarecer los hechos relacionados con todos los seres humanos en el conflicto. Te voy a decir algo: la verdad jurídica no nos sirve para nada. Cuando estábamos en versiones libres, el fiscal le decía al muchacho: “Pedí perdón, carajo hombre”. No, uno no puede exigir perdón así. La verdad de un tribunal es arrastrada, obligada. La verdad que necesitamos, la voluntaria, es la que cada quien puede expresar, la que a cada quien le nace, la que cada quien reconoce sin presión. Es distinto contar la verdad así que contarla, por ejemplo, a la Fiscalía. Allí cuentan la verdad a medias. Muchos muchachos en las cárceles, desesperados, me dicen: “Madre, haga algo para que me escuchen”. Esa voluntad de verdad es la que más vale. Mijito, en veinte años de trabajo, de mis visitas a la cárcel, yo he sacado sesenta y cinco verdades. Sesenta y cinco mujeres han podido saber qué pasó con sus hijos desaparecidos. Esas mujeres están felices. Si a mí me dijeran dónde quedó mi hijo, yo quedaría feliz. Hace pocos días, el 9 de noviembre, por ejemplo, se le entregó el esposo a una compañera, y ella saltaba de la felicidad. Lo habían desaparecido, según nos contaron, porque supuestamente lo habían cogido con un costal de marihuana. Pero en la zona donde vivía no se cultivaba marihuana. Entonces, llamé a la persona que había señalado a ese hombre de portar marihuana, y le dije: “Tú mentiste”. Él, que era un guerrillero, me dijo: “Sí, tienes razón”. Así se da la verdad. Tenemos que hablar y confiar en el otro. Pero no será fácil llegar siempre así a la verdad porque todavía nos falta la verdad desde arriba. Allá arriba ha faltado humildad y voluntad para usar la verdad. Yo veo al general Montoya y me digo: “Cómo nos ha dolido todo lo que él tapó”. La verdad solo es aquello de lo que uno tiene la valentía de salir a decir en público. Yo lo digo claramente: a mi hijo se lo llevó Ramón Isaza, él mismo lo ahogó; él tiene verdades por reconocer. Tenemos que fortalecer el valor de la verdad. Para cualquier ser humano, la verdad es el descanso. Es el descanso eterno. Alguien se puede morir, pero con la verdad lo hace tranquilo. Tal importancia tiene esto.

* Periodista con quince años en el oficio y estudios de Filosofía e Historia. Director general de ARCADIA

TRES CARAS DEL CONFLICTO: LOS GUERRILLEROS

Ruido de fondo

El músico y exguerrillero Mauricio Zuluaga, antes conocido como Martín Batalla, encontró en el rap una manera de expresar y narrar lo vivido.

Harold Muñoz *

camilo

Escritor

Medellín

Foto: Pilar Mejia

La voz me pregunta dónde me queda bien que nos veamos. “En cualquier lugar –le digo–. Incluso en tu casa”. Me contesta que por seguridad prefiere mantener alejada a su familia, que nos veamos por Ciudad del Río. Me parece bien. De los pocos lugares que conozco de Medellín, ese es uno. Al otro día, estoy en la ciudad. Nos hemos comunicado por mensaje de texto. “Ya estoy acá. En la entrada del museo”. Es él quien me encuentra. Segundos antes podía ser cualquier persona, pero el gesto lo revela: soy el único que busca a otro. Es pequeño, delgado. Su cuerpo denota agilidad. Pienso en el entrenamiento que habrá recibido, en las largas caminatas patrullando el país que sueña liberar. De necesitarlo, tendría todas las herramientas para someterme. “¿A dónde vamos?”, pregunta después de estrecharme la mano. Nos decidimos por el Crepes & Waffles de la esquina. Mientras buscamos una mesa, me fijo en sus cicatrices: un testimonio del fuego y del estigma que crearon los medios con su nombre. De entrada, asumo que son heridas de guerra, pero su cuerpo derretido es anterior. Una explosión en el Bloque 1 de la Universidad de Antioquia le quemó, durante una protesta, el 73 % del cuerpo. “Usted veía de todo: encapuchados, estudiantes, profesores agarrados con la policía. Ellos tirando gases y nosotros tirando piedras, pí, pí, pá, pá. Y ocurrió una explosión. Fue el 10 de febrero de 2005. Ahí murieron dos muchachas: Paula y Magaly. Las dos estaban al lado mío. Yo recuerdo un cimbronazo, y ya, quedar ahí”. Lo llevaron al hospital, donde estuvo casi tres meses como “una momia”. Tras varios injertos y operaciones logró recuperarse, a pesar del veredicto de los médicos, que fueron claros con su madre: vaya y entierre a ese muchacho porque no vive. Pero vivió y volvió a su casa. Dos días después, la Fiscalía lo acusó de rebelión, terrorismo y hurto agravado, delitos cuyas condenas en esa época sumaban 38 años de cárcel. Eran los tiempos de las capturas masivas en las comunas de Medellín, de la Operación Orión. Eran días en que bastaba ser sindicado para pasar un tiempo largo en la cárcel, a la espera de una sentencia. Él pasó dos años en Bellavista. Fue capturado con otros muchachos en la Operación Álgebra I. Demandaron al Estado; lo obligaron a pedir perdón por una captura injustificada y a indemnizarlos con 400 millones de pesos. Pero de esa plata a él no le tocó un peso, pues el día en que salió en libertad ya andaba batallando.

“Para ser franco, yo no conocía las Farc. El argumento de la Fiscalía era que habíamos salido heridos en una explosión de veinte metros de radio por estar manipulando bombas. Afortunadamente, a nosotros nos defendieron unos profes de la Facultad de Derecho. Agarraron a la Fiscalía y pum, pum: le dieron tres vueltas”, dice, como si esa hubiera sido la primera victoria de la lucha que había asumido de por vida.

El proceso duró dos años, no así su presunción de inocencia. La opinión pública lo condenó y los paras hicieron cálculos. A su madre, varias veces desplazada, la sacaron de su casa. El único lugar seguro para él era la cárcel. En Bellavista lo pusieron en el patio de presos políticos. “Uno no se imagina que pueda existir un espacio en donde no entra la guardia; en donde a la entrada hay un Che grandísimo y está el escudo de las Farc y del eln; en donde incluso forman militarmente. Yo pensaba mal de ellos, pero ahí me di cuenta de que realmente hay un compromiso político. Una gente disciplinada, estudiosa, autocrítica”.

“¿En qué momento se volvió una opción para vos?”, le pregunto. “Hermano...”, suspira. Su rostro me recuerda al de un pit bull. Los ojos chinos, el mentón ancho delineado por una barba bien delimitada; lo noble en una cara que inspira respeto. “Al sentir el monstruo del Estado sobre mí y sobre mi familia, ver que yo era un muchacho que quería hacer las vainas a través de la música y de la academia y que estaba en la cárcel, dije: ‘Si esto es peleando, pues entonces vamos a pelear’”.

PROHIBIDO OLVIDAR
Pero su verdadera lucha ya había comenzado en 1998, cuando tenía trece años y se empezó a juntar con otros muchachos: raperos que componían con lo que veían en las calles de la Comuna 6 y otros barrios. Más que inventar, dejaban registro de lo que pasaba. “Hacíamos rima con la realidad”. Él tenía talento para eso. No venía de una familia de músicos, pero cantaba. “Y tín... Me vinculo con el hip hop”. Lo que no dice con palabras, lo dice con sonidos, como si hablara haciendo beatbox. “El rap viene de un proceso de resistencia de los negros en Estados Unidos. Y yo también empiezo a analizar esa convulsión social acá, a observar los problemas de los barrios. Donde yo vivía cuidaban las Convivir. Un día nos cerraron la casa de cultura en la que nos reuníamos. Nos mandaron decir: ‘Ustedes aquí no pueden entrar, no cuenten con ese espacio’”.

Él, que tomó el nombre de Martín Hernández Gaviria, un estudiante de la Universidad Nacional, se hace llamar Martín Batalla. “Martín era como el papá de todos nosotros; un muchacho comprometido, serio y estudioso –me dice–. El trabajo que hacíamos era en las universidades, alrededor del tema político, académico y de derechos humanos. Nada violento”. A su amigo lo mataron en Castilla. Se hizo un entierro simbólico en la Universidad de Antioquia, y su rostro quedó en un mural en la Nacional. Él, por su parte, le grabó un tema que tituló “Martín Batalla”. “Es una afirmación: Martín Batalla vive, siente. Y estando allá arriba, decido ponerme ese nombre artístico para no olvidarlo. Del tema hicimos un video. Deberías verlo”.

El video lo subieron a YouTube en 2009. El personaje principal es un amasijo de recortes: la cabeza, un sombrero vueltiao; el cuerpo, un grano de café con alas. También aparece el mural de Martín Hernández detrás de alguien con un cartel que dice “prohibido olvidar”. Martín Batalla entra a escena en el último tercio, flotando en un cielo verde. Rapea con gestos que a lo mejor aprendió de referentes como Wu-Tang Clan o Eazy-E. Es él, el estudiante que abandonó Filosofía y Derecho, el muchacho de la Comuna 6, el rapero. Al salir de la cárcel intentó seguir con una vida normal, pero su vida ya no era normal. Se había unido a las Farc y desarrollaba movimientos urbanos. Pasó un año y entonces se enteró de que se había emitido otra orden de captura en su contra. Ese mismo día se fue para el frente con la maleta que tenía puesta para la universidad. Pasaron diez años.

La mesera del Crepes & Waffles nos trae los platos. Pienso en lo que me contó Martín unos minutos atrás, de cuando quedó disgregado con otros cinco camaradas por culpa de un enfrentamiento con el ejército. Pasaron dos meses escondidos. De no haber sido por un campesino que les subía plátano y yuca, no habrían sobrevivido y Martín no sería un excombatiente. “No me imaginaba una salida política para esto”, me dice en una de las zonas más gentrificadas de Medellín. “No, hermano. Yo me había preparado para no volver a la ciudad”.

Martín se reagrupó en la zona veredal de Pondores. Allá comenzó su proceso de reintegración (algo que lo llevaría a ser amnistiado en el marco de la paz, razón por la que no ha sido llamado ante la JEP). Le hicieron una encuesta que incluía preguntas sobre lo que quería hacer en el futuro. Las opciones eran: enfermero, comunicador, escolta… Martín quería algo que no fue contemplado por ninguno de los bandos: artista. “Ojalá esto quede ahí grabado”, dice señalando mi celular. “Ni las Farc ni el Estado le han dado al arte la importancia que se merece. Con Inty, una compañera que es pintora, entendimos que la verdad iba a ser un escenario de disputa. El gobierno siempre ha mostrado una verdad oficial, y nosotros tenemos que relatar nuestra memoria, pero vamos a hacerlo a partir de las expresiones artísticas”

En el cd que me regala hay dos canciones que tienen que ver con eso: “Desenterrando memorias I” y “Desenterrando memorias II”. La primera cubre el lapso entre la Masacre de las Bananeras en 1928 y el nacimiento de las Farc en Marquetalia en 1964; la segunda narra el conflicto desde los años cincuenta. De ambas canciones hay video en YouTube. En “Desenterrando memorias I”, Martín aparece uniformado, una imagen que comprueba que el hombre que tengo al frente fue un soldado. En el otro aparece en el Cementerio Central de Bogotá. De un video a otro, Martín pasa de la guerra a la ciudad y vuelve a ser testigo de esta. Su música no promete objetividad. Por el contrario, ofrece una versión sincera. Narra la historia de las Farc y su experiencia, pues a Martín le ha tocado la guerra desde niño. Su música lo vuelve cognoscible, una persona más que almuerza un domingo en el mamm.

DE LA SOMBRA A LA LUZ
Martín me cuenta que en Pondores convirtieron una de las casas en un estudio de grabación poniendo colchones contra las paredes. “Estábamos ahí y empezamos a escuchar las ranas, los alcaravanes, un poco de sonidos de la naturaleza. Y se nos ocurrió: vamos a grabar eso para meterlo. En esa canción, las ranas del campamento son las que empiezan”. Pero ocho años antes, Martín debía pedir permiso para hacer música. “Robarle tiempo a la guerra”, dice. No le molestaba porque sabía que esa disciplina militar era lo que lo mantenía vivo y porque ellos le tenían confianza. El comandante le daba la autorización y él se alejaba. El ruido del campamento no le permitía grabar. Caminaba unos minutos selva adentro, se ponía los audífonos del mp3 en que tenía las pistas, ponía rec y rodeaba la grabadora con sus manos, como si necesitara calentarse. Entonces, sus palmas eran el estudio de grabación.

En ninguno de los temas del álbum se oyen interferencias, pese a lo que señala la carátula: “Las canciones realizadas entre 2008 y 2017 fueron escritas, grabadas, producidas y mezcladas en las montañas de Colombia en los campamentos de las Farc-ep”. Los temas tienen un sonido bastante aceptable, si se tienen en cuenta las condiciones. No hay ruido de fondo y, por lo mismo, el lugar donde fueron grabados ha sido borrado de las pistas. Además de la radio, hacía Resistencia, una publicación de las Farc. Según él, contaban con la tecnología para robarle la señal a la radio del ejército y transmitir encima de esta; incluso hizo páginas web para las Farc en Publisher. En ese computador editaba los audios de voz de Resistencia y, por supuesto, sus temas. Trabajaba después de prestar guardia. Se encerraba en una carpa negra para que la luz no alertara a nadie. “Siempre he sido vampiro que trabaja en la noche”, me dice.

De a poco ha salido de las sombras. Lo he escuchado por casi tres horas. Aún no se siente seguro en la luz. Cada vez que dice “Farc”, baja la voz para que los comensales no se alerten. También ha confundido los tiempos verbales. Por momentos habla en presente, como si una parte de él siguiera en el Frente 36. Me cae bien y creo que le caigo bien. No soy el único: “A mí me han dicho: ‘Cuando usted dijo que era de las Farc, yo lo odié. Pero cuando usted empezó a cantar, yo reconocí en usted a ese otro ser humano’”. Al final de nuestra charla le digo que lo entiendo.

Horas después, en mi casa, me doy cuenta de que me ha quedado sonando algo que dijo: “El plan del gobierno es derrotar a las Farc en 2022; el proceso de paz es una estrategia para que las Farc no existan, ni siquiera políticamente. Pero nosotros tenemos otros planes”. El tiempo dará sentido a sus palabras. El tiempo y quienes escuchamos. Pues el monstruo ha salido de la selva y habla nuestro idioma.

En el video de Desenterrando memorias II, Martín Batalla aparece en una tarima en la Plaza de Bolívar. Es 2016 y denuncia con rabia el dolor de sus muertos. En una mano sostiene el micrófono y con la otra rodea el cuello de un Alfonso Cano de cartón. La policía custodia la tarima. Martín Batalla da su testimonio en el ombligo del sistema que quiso derrocar. Detrás está el Palacio de Justicia; a la izquierda, la Catedral Primada de Bogotá, y al frente, el Congreso. Lo escuchan algunos curiosos y otros que cargan símbolos guerrilleros. Lo parece escuchar también la estatua de Bolívar, figura épica de la historia oficial de Colombia. Otra figura subversiva, dos siglos atrás.

* Escritor. Autor de Nadie grita tu nombre, libro con que ganó el Premio Nacional de Novela Nuevas Voces Emecé-Idartes en 2017.

TRES CARAS DEL CONFLICTO: LOS PARAMILITARES

Víctima y victimario

Nodier Giraldo, excomandante financiero del Bloque de Resistencia Tayrona y sobrino deHernán Giraldo, compone hoy corridos para servir de contraejemplo. Su historia muestra cómo el victimario y la víctima ciertas veces fueron la misma persona.

Sara Malagón Llano *

sara

Literata y filósofa

Bogotá

Foto: Pilar Mejia

“DE VÍCTIMA A VICTIMARIO”, POR NODIER GIRALDO. PRIMERA ESTROFA

Apenas entraba en años fui víctima de la guerra. Fue una experiencia muy triste que a nadie se le desea. Perdí a mi padre querido, fui desplazado a la fuerza, dejando atrás los recuerdos y alegrías con mi vieja

Nodier Giraldo nació en Caldas en 1980, en la vereda El Congreso. El camino a pie a la estación tomaba dos horas, y a Florencia, dos más en escalera o chiva, como la llaman en la Costa. “A veces el barrial, el invierno, los caminos malos, hacían que fueran unas cinco horas. Pero como éramos una familia numerosa, mi padre a veces llevaba a un hijo, y a los ocho días, de pronto al otro”.

Giraldo fue el noveno de quince hijos. “El café era la entrada financiera de mi familia. En la finca sembrábamos que la yuca, que el plátano, que el maíz, que el fríjol. Solamente se iba al pueblo por arroz, aceite, algo de carne, sal, azúcar… Éramos una familia normal, de allá del interior del país, dedicada a la tierra y a hacer hijos. Ese era nuestro mundo. Uno no conocía otro, pero ahí uno se sentía bien”.

El padre, Libardo Giraldo Giraldo, era un líder religioso en la región y el presidente de la junta comunal. Organizaba grupos de oración. Su finca era un punto de encuentro en la vereda. Por eso, y porque llegaba la luz, había televisor y un radioteléfono para comunicarse con el pueblo.

El domingo 7 de junio de 1992, Libardo volvía de Florencia con la compra de la semana, como de costumbre, y al bajarse de la chiva para seguir con las mulas monte abajo, alguien le disparó con una escopeta en el pecho. Nodier Giraldo tenía doce años.

Las razones del asesinato están expuestas en Justicia y Paz. Antes de irse a la Sierra Nevada de Santa Marta, el tío de Nodier, Hernán Giraldo, comandante paramilitar del Bloque de Resistencia Tayrona, que operó en el Magdalena y La Guajira hasta su desmovilización en 2006, tenía una enemistad con un hacendado caldense de apellido Medina que andaba rodeado de hombres armados. Varias veces intentó matar a Hernán en Santa Marta, y por eso este le decía a Libardo que se fuera de su finca, que lo iban a matar por esa pelea. “Yo no me voy para la Costa porque no quiero que mis hijos comiencen a ingresar a los grupos que usted maneja. Prefiero quedarme por aquí donde estoy y seguirlos levantando. Si ellos se van, que se vayan por sus propios medios, no porque yo los llevé y los metí en eso”, le decía. Cuando lo mataron, los dos hermanos mayores de Nodier ya se habían ido a donde el tío Hernán.

La familia que se quedó fue amenazada. “Diez días después del sepelio, los mayorcitos salimos por un lado, hacia Antioquia. Caminamos por dos días.

Las mujeres se fueron por otro lado, pasando por la hacienda de los Medina. Fue terrible. Tocó vender regalado lo que se pudo. El trabajo de 25 años de mis padres quedó botado”, dice Nodier Giraldo.

Un mes después, la familia llegó a Santa Marta a vivir en una casa de Hernán, quien desde los años ochenta no salía de la Sierra. “Unos se fueron a donde él, otros a recoger café y otros nos fuimos a la plaza pública”. Fue allí donde a Nodier empezaron a decirle El Cabezón, y no porque fuese muy inteligente, como registran la mayoría de los medios, sino porque de Caldas llegó demasiado flaco. Una señora para la que trabajaba lo apodó así. Años después, ese se convirtió en su alias.

“Empecé a trabajar ahí y a estudiar en la noche, pero enseguida me empecé a dar cuenta de la otra realidad del país. En 1994, un tío y unos primos que habían sido desplazados se fueron a trabajar a la zona bananera, y en una de esas bajó la guerrilla y asesinaron a todos los celadores y al administrador. Yo entonces comencé a preguntarme: ‘Bueno, pero qué está pasando. Estábamos en la finca bien y nos tocó venirnos desplazados. Y ahora estamos aquí y nos están asesinando’. Como mi tío tenía un grupo de autodefensas, no podíamos estar ni pasar por donde hubiera guerrilla. El país estaba dividido en tres: autodefensas, guerrilla y Estado. Había que escoger un bando”.

En el cd que me regala hay dos canciones que tienen que ver con eso: “Desenterrando memorias I” y “Desenterrando memorias II”. La primera cubre el lapso entre la Masacre de las Bananeras en 1928 y el nacimiento de las Farc en Marquetalia en 1964; la segunda narra el conflicto desde los años cincuenta. De ambas canciones hay video en YouTube. En “Desenterrando memorias I”, Martín aparece uniformado, una imagen que comprueba que el hombre que tengo al frente fue un soldado. En el otro aparece en el Cementerio Central de Bogotá. De un video a otro, Martín pasa de la guerra a la ciudad y vuelve a ser testigo de esta. Su música no promete objetividad. Por el contrario, ofrece una versión sincera. Narra la historia de las Farc y su experiencia, pues a Martín le ha tocado la guerra desde niño. Su música lo vuelve cognoscible, una persona más que almuerza un domingo en el mamm.

SEGUNDA ESTROFA
A la Costa fui a parar a vivir en lo prestado,comenzando desde cero una nueva travesía.Conocí la realidad de un familiar muy nombrado,campesinos que defendían sus parcelas con la vida.Después de un largo tiempo en la causa ilegal andaba, la justicia tomé por mi cuenta. Muchos años así duré,viví muchas cosas buenas, también muchas cosas malas,pero lo ilegal no es bueno, por eso me desmovilicé

Nodier Giraldo llegó a la finca El Filo, donde “había un poco de señores finqueros armados, todos vestidos de civil”. “Vi que era una organización como de amigos, como de familia. Se cuidaban. Era algo muy campesino”. Con el tiempo, Giraldo se convirtió en comandante financiero del Bloque de Resistencia Tayrona. “Mi tarea era el recaudo de la base de coca, de los impuestos a las bananeras, al comercio, a la droga que procesaba el campesinado, a la droga que sacaban en las lanchas rápidas. Una gente recogía los impuestos y me los entregaba. A Justicia y Paz le expliqué de dónde venía todo el dinero que recogía y en qué se invertía, cómo era la dinámica del grupo: dónde se operaba, cómo, hasta dónde, cuántos eran”. Entre 2001 y 2002, la casa Castaño, que comandaba Rodrigo Tovar, alias Jorge 40, dio la orden de “recoger”, en ocho días, a todos los del Bloque Tayrona. Resistieron por tres meses. Taparon la Troncal del Caribe y lograron llegar a una serie de acuerdos que, para Hernán Giraldo, fueron más bien derrotas: cederle al Bloque Norte el 60 % de la plata que recaudaba y dejar de ser Bloque para convertirse en Frente del Bloque Norte. Jorge 40 ordenó, además, que los grupos se revolvieran por completo. “La confianza se rompió y comenzaron a acusarse y a matarse entre sí. Nos decían: ‘Cuídense porque esta es la operación de la mazorca: como no se pudo recoger, hay que ir desgranando una a una”. Esa situación duró unos cuarenta meses. En 2005 empezó la negociación con el gobierno; es decir, una historia de incumplimientos. No hubo colonias penales agrícolas; a los miembros de las autodefensas no les reconocieron los derechos políticos prometidos tras su desmovilización –que en el caso de Nodier y Hernán fue el 3 de febrero de 2006–; y, a pesar de la promesa de no extradición, después de pasar por La Ceja, Itagüí y Barranquilla, en la madrugada del 12 de mayo de 2006, Hernán, Nodier y otros doce comandantes paramilitares llegaron en avionetas a Bogotá y fueron entregados a la dea. A las siete de la mañana ya volaban rumbo a Estados Unidos.

“Con eso las más perjudicadas fueron las víctimas, porque eso sí… se dañó mucho el proceso porque se perdió la confianza. No se estaba cumpliendo nada de lo pactado. Muchas verdades, entonces, quedaron enterradas. Y aunque varios sigamos en versiones libres, de muchos casos no se ha sabido qué sucedió”.

Nodier Giraldo pagó siete años de condena, según me contó, en “un hueco” de una cárcel de Virginia donde veía el sol cada veinte días y no podía hacer otra cosa que “dormir, defecar y hacer ejercicio”. También leyó la Biblia y libros de autoayuda. Luego se metió a cursos de derechos humanos y a clases de inglés; y solo con el tiempo pudo empezar a dar versiones libres, cosa que siguió haciendo en Colombia, y sigue haciendo hoy, ante el Tribunal Superior de Barranquilla. A pesar de haber pagado una condena de diez años y diez meses entre Estados Unidos y Colombia, no ha recibido la sentencia de Justicia y Paz. En las versiones libres tuvo que reconocer, por línea de mando, delitos que él dice no haber cometido directamente. “Los temas de Nodier estuvieron más ligados al narcotráfico –dice la politóloga Priscila Zúñiga, de la Fundación Paz y Reconciliación–: extorsiones, narcotráfico en la ciudad, apoyo a candidatos que luego fueron señalados de parapolíticos. Nodier entró muy joven a las filas, y en gran medida terminó siendo víctima de todo ese aparato paramilitar que creó el tío Hernán”. Y sin embargo, también él tuvo que enfrentarse a las víctimas.

CORO
Violencia, triste violencia, que ha vivido mi país, que solo deja tristeza, desplazamiento y pobreza. Se pierden las ilusiones sin saber dónde vas a ir. Luchemos con Dios de la mano y no se repita esa experiencia

“Nodier, hablemos de cuando confesó delitos atroces, incluso aquellos cometidos por su tío, ante las víctimas”, le digo. “Jumm”, aclara la garganta y desvía la mirada. “Sí… Como le dije, la ley la cambiaron en 2012, y ahí fue que empecé a salir a versiones. Acepté todo lo que ocurrió de 2002 a 2006, cuando fui comandante: los muertos, los desplazamientos, las violaciones. Todo lo que ocurrió. Pasamos a la etapa de la reconciliación y aceptación, y a pedir perdón. Comenzaron a llegar todos los familiares de las víctimas de Santa Marta, las víctimas de los indígenas, de la parte alta. Fueron setenta días horribles. Es una cosa muy dura cuando a uno alguien se le sienta al frente a preguntarle ‘Por qué mataron a mi mamá’, y uno ‘por esto y esto’. Y el magistrado diciendo: ‘Nodier, dígale algo a esa víctima’. Pero qué puede uno decirle... Y una víctima llorando… Toca es, hombre… ponerse la mano en el corazón, ponerse en sus zapatos. Explicarle que eso nunca debió suceder, lo que estaba pasando con el conflicto. Pedirle perdón de corazón, y que siga pa’lante. Si él lo puede perdonar a uno, es un descanso para esa persona, y para uno también. Y si no, que se pegue a la mano de Dios, que le dé la fuerza para seguir adelante y perdonar algún día. Como le decía antes: ‘La guerra no deja sino muertos, tristeza y pobreza’. Acepté cosas horribles que nunca debieron ocurrir, como la masacre de una familia completa, los Sarmiento, por parte de un comandante del Bloque de mi tío. Supuestamente, uno de ellos se había metido de informante antinarcóticos y había que sembrar un precedente. Los asesinó a todos. Eran doce personas. Esa familia era de amigos nuestros porque eran evangélicos y mi abuela también lo era. Pero desafortunadamente en ese momento no éramos autónomos, y el comandante recibía órdenes directamente de la parte militar. Pero sí tocó darle la cara y aceptar lo ocurrido”.

El ciclo de la violencia a veces logra cerrarse con el perdón. En el caso de Giraldo, se cerró cuando, en esas versiones libres, aparecieron los familiares de Medina, quien había matado a su padre. Después del asesinato, Hernán envió a sus hombres. “Cuando ellos vienen a reclamar, vienen a reclamar por sus muertos. Como había sido una cosa tan dura, ya no sabía uno si hablar o quedarse callado. A lo último resultamos todos llorando ahí en esa audiencia con el magistrado José Haxel de la Pava Marulanda. Después de eso, hemos dialogado. Hemos compartido. Hemos llegado a la conclusión de que hay que mirar el presente y proyectarnos al futuro; entre todos seguir adelante. No quedarnos en el pasado y lo que sucedió. No es fácil, pero la mejor forma de venganza es el perdón”.

CODA
En 2015, cuando Nodier volvió a Colombia, estuvo en la cárcel Modelo de Barranquilla un año y medio más, y como parte del programa de resocialización, empezó a componer corridos y rancheras que hablan sobre su experiencia, para que nadie tome su camino, en una especie de invitación a la no repetición. “El extraditado”, “De víctima a victimario” y “Liberación” son algunos de los temas de su primer disco, Sentimientos del corazón, que empezó a grabar en la cárcel. “Cuando fui ante la magistrada para presentar todos los requisitos, antes de que me diera la libertad, le dije que había hecho un trabajo musical de resocialización y le solicité el permiso para que escuchara una de las canciones. Ella me dijo que era el primero que le salía con algo así, y que eso es lo que necesitamos para salir adelante. Por eso he seguido con ese proyecto; porque a pesar de todo lo vivido, también se puede seguir adelante por los caminos de la legalidad y de la reconciliación”.

Hay quienes miran con desconfianza esas canciones, más ahora –como lo dicen varias fuentes, incluso el mismo Giraldo– que parece haber nuevos movimientos de excombatientes en la Sierra que se dedican exclusivamente al narcotráfico. “En el corrido ‘El extraditado’, Giraldo exalta totalmente a su tío –me dijo una fuente–. Se muestran como los salvadores, los líderes de la troncal del Caribe”. Pero él insiste en que no deben ver el video así, que se hizo para denunciar el atropello de la extradición: “‘El extraditado’ muestra las imágenes de la entrega de armas, muestra que dimos el paso”. Pero a Hernán Giraldo, el patriarca fantasma, la figura del padre que Nodier venera y que tanto daño le hizo, todavía lo preguntan en la Sierra.

* Literata y filósofa. Ha trabajado en El Espectador y Semana. Editora general de ARCADIA

PAZ Y RECONCILIACIÓN

La casa común

La Comisión de la Verdad contribuirá a penetrar y a sacar a la luz el dolor. Solo eso conducirá a la reconciliación de que tanto urgimos, como individuos y colectividad, en Colombia.

Pablo Montoya *

sara

Escritor

Bogotá

Foto: Pilar Mejia

La paz más injusta, dice Erasmo de Róterdam, es siempre preferible a la más justa de las guerras. Tal aseveración pareciera advertir que todos los acuerdos de paz, y entre ellos los del gobierno colombiano y las Farc, están de tal modo diseñados que merecen reproches y deberían ser modificados para el beneficio no de los poderosos de un lado y otro, sino de los derechos de las víctimas. La sociedad civil, y en especial los sectores más injuriados por la violencia, casi siempre ha estado ausente de estos diálogos. Con todo, Erasmo es claro cuando anota que las legalizaciones de la paz, así estén plagadas de trampas legales, son mejores que la locura de la guerra. Y si bien es cierto que estos acuerdos firmados en La Habana fueron dando un espacio progresivo a la voz de las víctimas, es con la Comisión de la Verdad donde se espera que ellas tengan un espacio de reconocimiento.

Hay un apunte de Hermann Hesse que es oportuno para entender esa suerte de paz que respiran los países que han salido de largos periodos de violencia. Dice el escritor alemán que, recuérdese, fue un pacifista en la línea de Erasmo, de Tolstói, de Gandhi: “La paz no es un estado paradisíaco, ni una convivencia regulada por un acuerdo. La paz es algo que no conocemos, que solamente buscamos. La paz es un ideal. Es algo indescriptiblemente complicado, amenazado, frágil, un aliento basta para comprometerla”. Convéngase en que Hesse tiene razón, al menos en la segunda parte de su aserto. Pero en lo que respecta a la forma de convivencia regulada por un acuerdo, podría rebatírsele si se piensa en lo que está pasando en Colombia. Porque resulta que la paz de ahora, aunque no es de índole paradisíaca, sí está modelada por las leyes. Valdría la pena preguntarse entonces: ¿qué tipo de paz es esta a la luz de los pensamientos éticos formulados por los grandes pacifistas que nos han antecedido?

Probablemente ellos concluirían que se trata de una paz viciada. Si a ella la abordamos como noción venerable, transparente, honesta; una paz que, además, no solo ayude al progreso material de una comunidad humana, y respete su entorno natural, sino que reconforte espiritualmente a quienes han de vivirla, sería difícil enaltecer del todo los procesos de paz firmados en La Habana. En primer lugar, porque ellos han sido negociados por victimarios, y estos victimarios –el gobierno estatal y la guerrilla de las Farc– han sido ejemplarmente brutales. Se sabe también que estos acuerdos han sido legitimados por las leyes mediante el diálogo, y no a través de victorias militares. Aspecto plausible y que demuestra una cierta evolución mental en los guerreros colombianos. Sin embargo, una legalización así no nos exime de sospechar que nuestra paz, como todas las de este tipo que se han firmado, hunde sus pilares en aguas cenagosas. Y es que una paz negociada por asesinos no garantiza ninguna magnanimidad, salvo que entendamos su anhelo de paz y su contrición por tanto sufrimiento causado como una de las formas de esa perfectibilidad humana que las sociedades buscan. La paz, esa paz que se nos ha venido encima como un reto tremendo de cara al mundo, ante nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro, debe estar iluminada por la adquisición de un solo objetivo: no más retaliaciones militares. Y, en cambio, una voluntad general cuya aspiración sea una reconciliación que saque a Colombia del fango histórico de sus guerras injustas. Una paz que forje, ante todo, la consolidación de una cultura donde la política y la economía se abracen con el respeto hacia la naturaleza y un sentido genuino de la solidaridad humana. Porque una paz que siga sumiendo a tantas personas en la pobreza y les niegue apoyo a los más desfavorecidos, y se afiance en una economía que prefiere el oro y otros minerales por encima de la defensa del agua y el aire, es una paz débil.

UNA LITERATURA “PACÍFICA”
Por primera vez en la historia de Colombia hay muchas personas e instituciones que están trabajando para edificar esta paz. El precedente más cercano de un entusiasmo parecido fue lo que sucedió con la Constitución de 1991. Pero entonces esa constitución altruista –si Víctor Hugo la hubiera leído volvería a sonreír y calificar a los leguleyos colombianos como criaturas angelicales–, no fue suficiente para detener los demonios del paramilitarismo y la guerrilla, y para que no se diera la temible ventisca, insuflada por el narcotráfico, que habría de lanzar a este país a una época de gran penumbra. De ella, por supuesto, no hemos salido porque no hemos sido capaces ni de erradicar la inequidad social, ni la miseria material y espiritual, ni el narcotráfico, ni el paramilitarismo, ni las guerrillas, ni la corrupción, ni la impunidad, ni el miedo. Como vemos, Hesse tiene razón: la paz es un asunto demasiado frágil y complicado, más todavía en una Colombia como la que hemos edificado con tanta torpeza. La pregunta que, por lo tanto, me concierne en tanto escritor es: ¿cómo la literatura podría participar en esta confluencia de múltiples inquietudes desprendidas por el acuerdo de paz firmado en La Habana? Debe sustentarse en un credo que ha movido la escritura literaria más arrojadiza: ha de hundirse en zonas turbias. En el caso colombiano significa sumergirse en el pavor de la guerra de estos últimos cincuenta años, que es una consecuencia de la guerra de la violencia partidista, y esta de la Guerra de los Mil Días, y esta de las guerras civiles del siglo xix, y estas de las guerras de la Colonia y la Conquista. Guerras que han tenido, por lo general, como piedra de toque la repartición de las tierras y sus riquezas en manos de unos pocos. Porque la historia de Colombia y de América Latina no es más que la historia de esa distribución maltrecha de unos bienes que, en principio, deberían ser patrimonio de todos. Habrá que imaginar una literatura “pacífica” que rastree los vestigios traumáticos de tantas confrontaciones. Y esto debería ser así porque hay, entre nosotros, demasiados terrenos lóbregos que permanecen escondidos, o que se han ignorado a punta de la inveterada amnesia, o a causa de la inveterada represión estatal o paraestatal que hemos soportado. La guerra de la que el país está saliendo ha dejado cientos de miles de muertos y millones de víctimas y una naturaleza afrentada por los numerosos ataques de los bandos en pugna; y la inmensa mayoría de estas muertes siguen envueltas en una impunidad vergonzosa. La literatura debe entrar en esos territorios del desdén y el desprecio, de la ofensa y el salvajismo, para que luego, desde su recinto de palabras, pueda divisarse un horizonte de comprensión y perdón. Algo semejante es lo que la Comisión de la Verdad pretende hacer. Hay que reconocer, con David Rieff, que hay momentos en la historia de las sociedades en que lo mejor es practicar no la remembranza de un pasado tortuoso, sino un olvido sanador. Pero en nuestro caso, donde hay tantas víctimas que han sido despojadas de su dignidad con ensañamiento, nuestra obligación es más recordar que olvidar, más remover los escombros del ayer que ocultarlos o ignorarlos. Y debemos penetrar en lo abominable, no para enarbolar una parafernalia obscena, corriéndose el riesgo así de banalizar los tormentos, sino para rescatar, desde el ejercicio de la escritura y la memoria, al ser humano pisoteado.

TODAS LAS EXHUMACIONES
La literatura colombiana escrita en el siglo xx, ciertamente, no ha permanecido impasible ante esas coordenadas del vejamen. Empero, es a los escritores de hoy a quienes les corresponde prender una vez más la cerilla de la que hablaba William Faulkner. Esa cerilla cuya intención es alumbrar las tinieblas circundantes. Pero me permito precisar que esto habrá de hacerse para incidir, particularmente, en la sensibilidad de los lectores. No hay que escribir solo pensando en los llamamientos, en las protestas, en las cartas de los intelectuales, en los editoriales de los periódicos, sino para salvaguardar a la criatura humana.

Hace poco hubo una petición de un colectivo no gubernamental. Sus integrantes exigían la apertura de los archivos del Estado colombiano para que la sociedad civil pueda hurgar en ellos. La tarea busca revelar lo que ocultan esos archivos. Así se sabría, además de la responsabilidad de los insurgentes, de la de políticos, de empresarios y de mandos castrenses en actos criminales, de las alianzas efectuadas entre unos y otros. Unos versos de Antonio Gamoneda me vienen a la memoria: “Pálidos judiciales: ¿qué sois, qué sostenéis ante los muros aborrecibles?”. Pues bien, la Comisión de la Verdad, en su ir y venir por los diferentes sectores que provocaron el conflicto armado o lo sufrieron, afrontará el develamiento de esas situaciones aborrecibles, y su labor será sacar de ellas la verdad que tanto necesitamos.

Me parece que hay una literatura que, ante los episodios de gran violencia y el deseo de los regímenes de borrar sus huellas, se podría delimitar con esta frase: “Soy el lugar de todas las exhumaciones”. La frase es, en efecto, como un baluarte frente al panorama que enfrenta la paz en Colombia. Un horizonte de más de ochenta mil desaparecidos, una cartografía escalofriante de fosas comunes, una cifra de siete millones de desplazados internos y otro tanto de exiliados. Y en medio de este paisaje, enfrentar, porque esos eventos no se han clarificado, el fantasma del Palacio de Justicia, el del exterminio de la up y el de la aniquilación de jóvenes, llamada con lenguaje sórdido “falsos positivos”. ¿Y cómo olvidar la naturaleza, nuestra casa en común, para utilizar una expresión cara a Leonardo Boff y al papa Francisco? Ella, que representa la esencia femenina nutricia, ofendida sin cesar por las múltiples guisas de los mercenarios.

Cuando se propone una exhumación de esta índole, se está entonces ante una vía que se inclina más hacia el respaldo de las víctimas que hacia el de los victimarios. Pero el asunto, en casos como la guerra colombiana, no es tan simple y más bien asume los rasgos de un enrevesamiento tremendo, porque hay victimarios que han sido víctimas y el odio es lo que los ha llevado a las armas. Una exhumación sin memoria y sin sanciones, no obstante, sería un acto fallido, por no decir inútil. Y lo que esperamos de la Comisión de la Verdad es que ella contribuya a que esta exhumación dolorosa conduzca a la reconciliación de que tanto urgimos, como individuos y colectividad, en Colombia.

. Autor de Tríptico de la infamia (2015), novela con la que ganó el Premio Internacional Rómulo Gallegos, y La escuela de música (2018), entre otros libros

Hablan las víctimas

Estas piezas, hechas por miembros de diferentes comunidades, demuestran que las víctimas afectadas por el conflicto armado han encontrado en la expresión artística y simbólica de los hechos una manera de acceder a ellos, interpretarlos, sanar y, a veces, superar.

Créditos

Comisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición

Presidente
Francisco José de Roux

Comisionados y comisionadas
Alejandra Miller, Alejandro Valencia, Ángela Salazar, Alfredo Molano, Carlos Guillermo Ospina, Carlos Martín Beristain, Lucía González, Marta Ruiz, Patricia Tobón, Saúl Franco

Secretario general
Mauricio Katz

info@comisiondelaverdad.co
www.comisiondelaverdad.co
Calle 77 #11-19, piso 5 Bogotá, D.C. – Colombia
Twitter: @ComisionVerdadC
Facebook: @ComisionVerdadC Instagram: @comisionverdadc

Arcadia

Director
Camilo Jiménez Santofimio

Editora general
Sara Malagón Llano

Editor digital
Felipe Sánchez Villarreal

Dirección de Arte
Hernán Sansone

Jefe de diseño
Nicolás Gutiérrez

Diseño
Diana Carolina Correa C.

Corrección
Laura Benítez Martínez

Digital

Diseño UI/UX
Alvaro Martinez

Front end
Edwin Fuentes

Editor Multimedia
Jóse Barrera